En «Principios Vitales» he contado la historia sobre aquella vez que Ross, quien después se convirtió en nuestro jefe de operaciones, se olvidó de invertir el dinero de un cliente. Este se quedó ahí, en efectivo, y para cuando descubrimos el error, ya le había costado mucho dinero al cliente (a Bridgewater, en realidad, porque tuvimos que hacernos cargo del fallo). Fue horroroso y yo podría haber despedido fácilmente a Ross para dejar claro que no aceptaría menos que la perfección. Pero eso habría sido contraproducente. Habría perdido a un buen hombre y alentado a otros empleados a ocultar sus errores, contribuyendo a crear una cultura que no solo sería deshonesta, sino que tendría mutilada su capacidad de aprender y crecer. Si Ross no hubiera sufrido ese dolor, él y Bridgewater serían peores.